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VAGIDO
Flexible el aire
se dispersa a bocanadas
el pulmón se hace pluma
y aspira. El jadeo. El jadeo.
Madre, no respiro.
Una flecha más afilada
que la lengua me penetró
en medio del verano.
Recorremos
el malecón y un soplo
de los mares garabatea
la espuma y mi garganta.
Quiero cantar allí
junto a la orilla
mi última canción de cisne
o la primera. La voz
resulta un compás mágico
que se robaron los maitines.
Oye, mujer que ya el
Magnificat ha sido
entonado. Sólo te queda
sentarte en la explanada
y con gravedad suprema
no exenta de melancolía
ver pasar danzarinas
que te menean las caderas
sin sospechar que esperas
la alborada.
Un flujo de sangre, madre
expulsas, me ahogo
amnios, ya no nado
en tu vientre.
Mis ojos cerrados quieren
por fin dejar la estiba.
Aún me ahogo, abre las piernas
sobre los pedestales
de hierro. El arco de la
alianza, la sangre, la placenta
previa. El vientre se deshincha
y las branquias de los peces
van a la superficie.
El cuerpo tiene el vicio
de respirar. Una última
ola mata al pez y surge
la criatura envuelta en
coágulos. Las piernas vuelven
a bailar, ya no jadean
los pechos
en las comparsas.
Blanco y rojo sangre
es la bandera de las parturientas.
La muchedumbre canta
camino hacia el pesebre
debajo de la ceiba
mientras
aspiro
bocanadas de aire.
Una niña nacida
en combate estelar
bebe ron
y leche de las madrugadas.
Al tiempo del vagido
la isla despierta.
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